Buenos Aires, retrato desde la memoria

 

Lo llaman el París del Cono Sur, pero no es cierto. Es mucho más. Buenos Aires es todas las ciudades que hayas podido ver y todas las que imagines, incluso las que están por venir. Es una calle arbolada de Barcelona cuando caminas por la avenida Mayo, recién abondonado el afrancesado café Tortoni, ahora refugio del tango. Es el Madrid de Gran Vía cuando dejas la Casa Rosada en la esquina de San Martín con Presidente Roque, pero también el monumental Londres del neoclásico Palacio Barolo. Y hasta La Habana, con su cúpula gemelar del Congreso y su decadente edifcio de la Confitería del Molino. Por no hablar de las ciudades españolas o italianas a las que recuerdan las callejas de Palermo y San Telmo, o cualquiera de las urbes anónimas de Latinoamérica que se asemeja al barrio de la Boca o al Dock Sud de Avellaneda, nuevos conventillos donde la ilusión lucha sin cesar por sobrevivir a la pobreza.

Buenos Aires es una promesa descomunal, inmensa, que se abre cada mañana sin límite y que acaba rota cada noche como los contenedores de basura en los que la desesperación busca una salida imposible a la enésima crisis de la Argentina. Y, sin embargo, no hay pena. Las huelgas generales se celebran a ritmo de parrilla y batucada, a fuego lento y con intensidad. No se puede construir nada desde la tristeza, reivindica el peronismo, esa quintaesencia de la ciudad que parte en dos a los porteños como al resto del país, sin que sea posible escapar de la dicotomía: conmigo o contra mí.

La ciudad se abre al mundo en avenidas imposibles, sin fin, mientras las Evitas de la 9 de Julio observan divertidas el tráfico denso y pesado de esta urbe mastodóntica que supera los 12 millones de habitantes. Y del Gran Buenos Aires al microcentro, a la peatonal calle Florida con su runrún incesante de cambio, cambio, compro euros, compro dólares, que los turistas ignoran casi con la misma desidia que los lugareños. Los bonaerenses transitan tranquilos, sin la prisa angustiosa de la vieja Europa, como si el tiempo fuese tan kilométrico como los ordinales de sus calles, vías eternas que desparecen de la vista y que solo puedes ubicar en el celular por su intersección con otra: Estados Unidos y Piedras, Suipacha y Lavalle, Mayo y Tacuarí…

Y de la señorial y ahora decrépita capital decimonónica a los nuevos sueños de grandeza de Puerto Madero, donde la ilusión se renueva en torres de cristal y acero que ansían sin éxito alcanzar las nubes. Derroche de riqueza concentrada con el que la ciudad intenta otra reinvención en su última frontera, la que le impone el límite natural del río de la Plata. Veremos hasta cuándo. Porque Buenos Aires no se puede domar. Como tampoco el espíritu de sus gentes, el más concentrado mestizaje de europeos que se refugia en bares clandestinos y boliches nocturnos en Costanera norte, donde la amistad se exalta hasta la madrugada, o hasta que se vacía la billetera. La sangre mezclada, sedienta de las aventuras y oportunidades que prometía el Nuevo Mundo, late ahora con la misma fuerza que antaño en las noches largas e hierve en cócteles fantásticos en los bares que prometen ser puerto para el alma.

Buenos Aires es tan extraordinariamente grande y diverso que es imposible recogerlo en este retrato desde la memoria. No cabe en ningún mapa de la mente. Como las urbes infinitas que ideó Borges, es imposible asirlo con el pensamiento. No tiene cota. Solo puedes sentirlo, hasta lo más profundo. Es una de esas ciudades que cuando la visitas por primera vez sabes que no será la última. Que tarde o temprano volverás a ella. Porque irremediablemente una parte de ti se ha quedado allí para siempre.