Esta tarde he asistido a la conferencia que ha impartido el profesor Domingo García Marza, catedrático de Ética de la Universitat Jaume I, sobre «El poder de la sociedad civil: hacia una democracia de doble vía», dentro del ciclo Democracia y comunicación 2.0 que ha organizado la Llotja del Cànem para conmemorar el primer aniversario del movimiento 15M y la celebración, el 17 de mayo, del Día de Internet. Y por primera vez en muchos meses he recibido un breve soplo de esperanza e ilusión en medio de este escenario de decadencia pública en la que nos hallamos inmersos, aunque también una constatación clara  del largo camino que queda todavía por recorrer para tener una democracia más real, y del importante papel que han de jugar en ello los medios de comunicación a través de un ejercicio efectivo del periodismo.

Para empezar su disertación, García Marzá ha definido la democracia como el sistema político en el que quienes toman las decisiones son las personas afectadas por las mismas, o al menos elegidas por ellas. Una situación que, desgraciadamente, no se da en la actualidad, en la que, como ha apuntado el conferenciante «las personas a las que elegimos, los políticos, tienen cada vez menos poder, y los que lo tienen de verdad, como las empresas o los mercados, no han sido elegidos por nadie». A partir de ahí, ha iniciado una reflexión sobre las relaciones entre el Estado, los diferentes actores que operan sobre la escena de lo público y la sociedad civil, para concluir que ésta, a través de la opinión pública, tiene un poder que no hemos de desmerecer y que ha permitido cambiar leyes y también la actuación de muchas empresas. Por tanto, ha animado a seguir armando una sociedad civil fuerte capaz de actuar como contrapeso o balance ante los posibles abusos del Estado, o de los políticos, pero también de otros actores que operan en la escena de los intereses generales.

Si bien coincido con gran parte del planteamiento expuesto por el profesor García Marzá, creo que para hacerse efectivo ese contrapeso de la opinión pública, esta se debe construir en relación a un sujeto o sujetos claramente identificados, ya que es la única forma de que estos adviertan su presión y modifiquen su comportamiento. Así, por ejemplo, frente a la situación de multinacionales como Nike o Reebook, que se han visto obligadas a cambiar sus políticas de producción con mano de obra infantil por la presión de la opinión pública internacional, la especulación y la quiebra de la autonomía de muchos Gobiernos europeos que llevan a cabo los mercados financieros continúa porque nadie sabe identificar quiénes son y, por tanto, es imposible canalizar hacia ellos la presión de la opinión pública. Por ello, ahora más que nunca es necesaria la transparencia como elemento clave para la democracia. Esa transparencia puede ser promovida, a través de la legislación, por los Estados, pero deberá ser -como lo ha hecho siempre, por otra parte- el periodismo quien la supla en estos momentos de escasez y quien la exija a los poderes públicos. Frente a las reiterativas y hasta aburridas informaciones cotidianas sobre el más ligero movimiento de la prima de riesgo, sería muy de agradecer alguna información periodística que permitiera una identificación clara y concisa de quién o quiénes son los sujetos que se están lucrando comprando deuda española a unos tipos hasta cinco puntos más caros que los que paga Alemania. Si supiéramos quiénes son los que se están lucrando con nuestra desgracia, quiénes los que están provocando el desmantelamiento de la sanidad y la educación públicas para hacerse con los miles de euros que se recortan, seguramente sería mucho más fácil presionarlos para cambiar determinadas prácticas especulativas y lograr así un comportamiento más responsable por parte de esos mercados financieros ahora anónimos. Sin duda, eso sería una gran contribución del periodismo a la sociedad civil, que se vería así fortalecida, y sobre todo a la democracia. Esperemos, pues, que haya quien siga ese camino.