Por fin hoy ha estallado la fiesta compartida que es la literatura y la sonrisa perenne de Mario Vargas Llosa se nos ha contagiado a todos y cada uno de los miles, millones de personas que hoy compartimos su alegría y a los que ya antes nos había hecho felices en infinidad de ocasiones gracias a la palabra. La concesión del premio Nobel de Literatura de 2010 a Mario Vargas Llosa es un acto de justicia para quien ha demostrado ser uno de nuestros mejores escritores, pero sobre todo uno de los más grandes fabuladores, un genio de la alquimia de la fantasía y la ilusión, un obrador de sueños que ha sabido hacer real mil veces a través del difícil arte del lenguaje, una labor que además ha reivindicado siempre con entusiasmo. Para mí ese es el gran mérito de Vargas Llosa, y quizás también su signo más representativo y característico: su vocación profunda por la fábula, por la invención, por la creación. Al margen de su dominio del lenguaje, de su profundo conocimiento de la técnica narrativa, la potencia real del escritor peruano está en su voluntad de crear nuevos mundos, de rebelarse contra el que nos ha tocado vivir y ser capaz de generar una realidad completamente diferente y, sobre todo, creíble.

Para mí, Vargas Llosa, a quien descubrí primero como crítico literario a través de sus magníficos prólogos a la selección de libros recogidos bajo la colección «Biblioteca de Plata» de Círculo de Lectores, ha representado siempre la esencia más profunda de la literatura, ese deseo intrínseco del ser humano de encontrar cobijo en la imaginación, de crear nuevos escenarios en los que evadirse de la rutina, el miedo o la simple mezquindad del presente. En el irrepetible ensayo «La fiesta compartida», en el que se acerca al  París era una fiesta de Hemingway, Mario Vargas Llosa describe a la perfección esa voluntad deicida del narrador, esa necesidad imperiosa de reinventar la realidad. Releído hoy, 21 años después de que a través de este texto tuviera mi primera aproximación al narrador latinoamericano, sus palabras me han parecido tan llenas de fuerza y de sabiduría como entonces. Pero además me he dado cuenta de que gran parte de la descripción que hace del autor norteamericano serviría también para él mismo, un escritor comprometido con la literatura como una pasión y con la escritura como una lucha diaria contra la muerte.

Enhorabuena, Mario, y gracias por hacer tan intensa, tan vibrante y tan feliz «esa fiesta compartida que es la literatura», como tan perfectamente la definiste.