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Cuenta uno de los personajes de Manuel Vicent, nuestro mejor escritor castellonense, que en la escalinata del hotel Voramar había en 1953 una escultura de león que a veces tenía los ojos verdes, una circunstancia que le ha valido para dar título a su última obra y de la que ha hablado esta semana que hoy acaba en el curso de verano “De sur a sur”, magníficamente organizado por las profesoras de la Universitat Jaume I Rosalía Torrent y Dora Sales. Ese león petrificado muestra ahora su iris de escayola de ese color de manera permanente por decisión de Rafael Pallarés, gerente del establecimiento, que ha decidido convertir la ficción en realidad y convertirse así en cómplice en la voluntad de Vicent de incorporar Benicàssim al imaginario literario universal.
Ese león del Voramar, de dimensiones reducidas, apenas perceptible a la vista poco curiosa del veraneante, simboliza en gran medida las interesantes dotes literarias y periodísticas Manuel Vicent. Su mirada azulada tiene mucho de escrutador de la sabana, de observador incansable y atento, siempre preparado para captar el menor matiz de una conversación, de un gesto, de un cambio en el horizonte del mar o del cielo, o de un simple olor. Vicent, más incluso que el felino, presenta un rostro poderoso y al mismo tiempo sereno, singularmente rematado en su perilla albina, en la que sus ojos cristalinos brillan con especial fuerza entre unos párpados que se concentran por absorber todo cuanto está a su alcance. Y es precisamente esa mirada, ese poder indagador de este león mediterráneo, lo que le ha permitido conocer el mundo y narrárnoslo de tal forma que seamos capaces de compartir su visión.
Vicent, que esta semana ha recibido del alcalde de Benicàssim, Francesc Colomer, la Llave de Europa, en un merecido reconocimiento por haber situado el municipio en el imaginario colectivo de los paraísos literarios, ha sabido ser profeta en su tierra. La Universitat Jaume I, que ya en marzo de este año aprobó su nombramiento como nuevo doctor honoris causa a propuesta del rector, Francisco Toledo, le rendirá también su homenaje en el acto académico de nombramiento que se celebrará el próximo 7 de octubre. El autor de Tranvía a la Malvarrosa se incorporará así al claustro de la Universitat Jaume I, entre otros muchos méritos, por su capacidad de recoger lo mejor de la tradición de mestizaje entre periodismo y literatura. En su dilatada trayectoria destaca en ambos campos, aunque quizás donde destapa toda su arrolladora capacidad comunicativa es justamente en el espacio en el que las dos narrativas se funden -en el periodismo literario o en la literatura periodística-, y es ahí donde desarrolla su particular forma de contar el mundo, lo vivido y lo soñado, para que más allá de la evanescencia del momento ese instante capturado por su mirada se haga permanente, eterno. Y lo consigue además con una prosa que alcanza siempre Generic Cialis la claridad sin renunciar a la música ni al cortejo a la belleza. Como el rugido potente del león al mediodía, la voz de Vicent nos llega como un golpe arrollador, como un estímulo que demuestra cómo la literatura es capaz de enaltecer nuestra vida, de elevarla por encima de la mediocridad, de la monotonía, del absurdo o del dolor. Su grito poderoso se amplifica en las páginas de sus libros y sus artículos hasta llegar a nuestras almas y hacerlas vibrar.
La mirada leonina de Vicent se ha explayado durante décadas entre los más diversos paisajes, tanto naturales como urbanos, y entre los personajes y humanos de mayor diversidad. Frente a todos ellos se ha recreado con esa serenidad regia que siente quien se sabe capaz de dominar un territorio, en ocasiones una ciudad que hace suya, en otras una persona de cuyo interior más insondable se apodera. Viajero incansable, que marchó de joven a Madrid para quedarse, Vicent no ha renunciado sin embargo a detener su mirada en nuestra propia tierra y, gracias a ello, ha incorporando al bagaje literario universal espacios y territorios tan propios como su Vilavella natal, la ciudad de Castellón, la de Valencia y ahora este pequeño edén terrenal que es la caleta del Infierno de Benicàssim.